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La relación entre los laicos y los redentoristas a través de
la historia ha sido estrecha. Antes del Concilio Vaticano II
(1962-65) la relación estaba orientada básicamente a través
de la labor pastoral y las relaciones personales y
especialmente a través de agrupaciones laicales como la
legión de María, la Sociedad del Santo Nombre, las Hijas de
María, etc. En éstas no había una noción consciente de
pertenencia a la congregación. Sin embargo, los laicos
sabían y distinguían el “estilo” redentorista del cual se
sentían orgullosos. El único grupo que tenía cierta
consciencia redentorista era la Archicofradía del Perpetuo
Socorro y San Alfonso.
Algo que fortaleció y ayudó a crear estos vínculos tan
estrechos fue que los redentoristas se preocuparon mucho de
hacerse cercanos a las necesidades y problemas de la gente:
estableciendo capillas, ayudas sociales (escuelas
vocacionales, programas de alimento, formación, organización
popular, cooperativas, etc.).
Hay que resaltar que Puerto Rico ha sido tal vez un caso
único en cuanto a la participación activa, la iniciativa y
originalidad de los laicos en la práctica de su fe. Un buen
ejemplo de esto fue la aparición en 1903 de Los Hermanos
Cheos, quienes –siendo laicos –se dedicaron a dar misiones
cuando faltaron los sacerdotes en tiempos de la invasión
norteamericana y la resultante huida de gran parte del clero
español a finales del siglo XX. Este grupo comenzó por
inspiración de una mujer predicadora, la “Madre Elena”. Los
redentoristas siempre apoyaron a esta congregación laical.
Vale también resaltar la figura del Beato Carlos Manuel
Rodríguez Santiago, laico de nuestra parroquia de Caguas.
Fue educado por redentoristas y realizó parte de su labor
pastoral en la parroquia redentorista de Caguas. Como laico
estaba muy bien formado, pero nunca manifestó deseos de ser
sacerdote. Su interés principal fue la renovación de la
Pascua y la centralidad de ésta en la vida cristiana.
También fue consciente de la necesidad e importancia de una
buena formación religiosa. El Beato Charlie es hoy una gran
inspiración para muchos laicos y laicas.
Luego del Concilio los redentoristas potenciaron
principalmente los movimientos laicales, como son los
cursillos de cristiandad en los años 60 y la renovación
carismática en los 70.
En la República Dominicana, a finales de la década del 60 se
desarrolló un fuerte movimiento de formación de laicos
campesinos como presidentes de asambleas (delegados de la
Palabra) en las comunidades rurales. Estos tenían a su cargo
la celebración de la Palabra en comunidades alejadas y poco
a poco se constituyeron en verdaderos líderes locales. Nunca
antes se había delegado en laicos esas responsabilidades. El
movimiento cooperativista también fue liderado por
redentoristas.
Sin embargo, laicos con una noción consciente de la
congregación y los cuales hayan hecho una opción por la
espiritualidad redentorista son muy pocos. Hay dos
instancias notables como excepción: los oblatos
redentoristas y laicos que convivieron con nosotros.
El primer oblato redentorista en la Provincia de San Juan
fue el Dr. Juan Hernández -1897. En la actualidad hay unos
40 oblatos redentoristas, quienes tienen cierta conciencia
de su pertenencia a la familia redentorista y un compromiso
para con ella. Pero los consagrados no hemos dado
seguimiento a estas personas, ni en términos de formación ni
de organización. El ser oblato hoy ha quedado como un simple
reconocimiento a una persona por su labor junto a los
redentoristas consagrados. Quizás un modelo viejo de
Iglesia.
De otra parte, sabemos de al menos 4 laicos que convivieron
en comunidades redentoristas en nuestra historia reciente.
En Mayagüez vivía el “sargento” Colón (papá del P. Héctor
Colón); en Aguas Buenas vivió el llamado Hermano Marcos
Gonzáles, un Hermano Cheo quien compartió en la vida de
oración, en el trabajo y en la vida de fraternidad
comunitaria por 8 años; en Casa Cristo vivió el psiquiatra
Dr. Pedro Durand y en Puerta de Tierra el joven Henry
Amador. Todos ellos y cada uno de ellos por diversas razones
convivieron por un tiempo relativamente largo, formando
parte de nuestra vida redentorista. También el laico Juan
Sepúlveda ha vivió en nuestra comunidad de Fajardo.
Con la Communicanda 4 (1995) del Gobierno General de los
redentoristas, el movimiento laical redentorista ha recibido
un tremendo impuso. Desde entonces se han hechos esfuerzos
para integrar mejor a los laicos en la vida redentorista,
aunque recientemente esos esfuerzos se han estancado.
Ser laico
misionero redentorista no se
improvisa sino que requiere una previa y adecuada formación
teológica, espiritual y pastoral. Exige ciertas experiencias
apostólicas en la misión redentorista.
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