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Celebrar la Pascua NO es cuestión de recordar el acontecimiento que
cambió el rumbo de la historia humana. Celebrar la Pascua es nosotros
injertarnos en ese movimiento que grita a este mundo injusto que otra
sociedad sí es posible; que otra
manera de relacionarnos sí es posible; que otra
manera de vivir y compartir sí es posible. Que la misericordia, el
perdón, la ternura y el servicio en bien de los más necesitados es el
camino a la vida abundante de Dios. Gritar al mundo que la guerra, la
violencia, la arrogancia, la opresión y la exclusión sólo engendran
miedo y muerte entre los pueblos y la familia humana.
Para nosotros los cristianos la Resurrección es la respuesta de Dios
ante un Jesús de Nazaret que parecía ser todo un fracaso. Ante el vil
asesinato de Jesús, planificado y ejecutado por las autoridades
políticas y religiosas, Dios no pudo permanecer callado; Dios rompió su
silencio para decirles a los verdugos de todos los tiempos que ellos no
tendrán la última palabra. Con la resurrección de su Hijo Dios
manifiesta al mundo que la solidaridad y el amor, que el perdón y la
misericordia, que la fraternidad y la igualdad prevalecerán sobre el
poder económico y el poder religioso. La resurrección de Jesús es el
grito de Dios a toda la humanidad de que la maldad, la violencia, la
guerra y la muerte de los fuertes sobre los débiles, de los grandes
sobre los pequeños, jamás triunfarán sobre la tierra. Los poderosos de
este mundo podrán cantar victoria, pero su triunfo será efímero; sobre
ellos caerá su merecido en su debido tiempo.
Creer en la Resurrección NO
es creer en un hecho pasado. La victoria de Jesús NO se puede reducir a
una acción pasada. Celebrar la Pascua NO es recordar un acontecimiento
del pasado como recordamos el día de la bandera o el cumpleaños de un
personaje histórico. Celebrar la Pascua es tomar conciencia de que
también nosotros estamos llamados a resucitar a una vida nueva. La
victoria de Jesús continúa HOY en todo creyente que es capaz de abrirse
al poder de Dios. Creer en la Resurrección es creer en la acción de
Dios en la historia; Es creer en el poder de Dios que actúa en los
pequeños e indefensos; Es creer que la lucha a favor de la vida de los
pobres y desvalidos es mucho más fuerte que las bombas más poderosas de
cualquier nación o pueblo. Es
creer que hasta de lo más débil y frágil, Dios puede hacer surgir algo
nuevo. Hasta la persona más aplastada por el pecado, Dios puede
levantarla y convertirla en discípulo.
Creer en la Resurrección es
ser capaz de romper con la mezquindad y la mediocridad que todavía queda
en nosotros. Es poner la
fraternidad por encima de rituales, por encima de movimientos y
grupos, por encima de tantas pequeñeces que con frecuencia nos apartan
unos de los otros. Es sentir que pertenezco a la comunidad cristiana;
que en ella soy acogido y amado; que en mí no hay exclusión para nadie.
Es echar fuera de mí todo egoísmo, toda hipocresía, todo orgullo, todo
miedo, todo aquello que no me deja ser yo mismo. Es sabernos
protagonistas de esta historia, injertados y sumergidos en el camino de
Jesús. Un camino que es de lucha, pero también de esperanza y amor. Un
camino que da plenitud al hombre y a la mujer y nos abre al gozo
de la creación, liberándonos de la maldad para conducirnos hacia la gran
fiesta del Reino eterno.
Vivir la resurrección hoy es vivir perdonando al que me ofendió,
levantando al caído, acompañando y escuchando al que se siente solo;
vivir la resurrección es confiar
en el joven y apoyarlo
para que sea protagonista de su propia historia. ES denunciar todas las
estructuras, sean políticas, sociales, económicas o religiosas, que
pongan sus intereses por encima de la persona. Es luchar contra todo
aquello que oprime, esclaviza, margina y quita la VIDA a las personas.
Es vivir nuestra vida cotidiana en clave de misericordia, ternura y
compasión. Es hacer posible una verdadera unidad de todos los que nos
sentimos llamados a vivir el evangelio de Jesús. Son las relaciones de
misericordia las que hacen posible la solidaridad, y es la solidaridad
la que hace posible la fraternidad y la paz en el hogar y en la
sociedad.
La Resurrección de Cristo nos da a todos los creyentes el poder para
romper los lazos del egoísmo y de la maldad que nos atan para ser
hombres y mujeres verdaderamente libres. La Resurrección de Cristo hace
posible que nosotros rompamos con nuestra vieja manera de pensar y
sentir para comenzar a pensar a la manera de Dios; para que podamos ver
la realidad sufrida de nuestro pueblo como Dios la ve, y para que
podamos amar al prójimo, y en especial el prójimo necesitado, como Dios
los ama.
¡Qué María, la Señora de la Pascua, nos ayude a vivir como hombres y
mujeres resucitados con Cristo y seamos buenos comunicadores de la
esperanza y de la alegría que tanto necesita nuestro pueblo hoy!
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