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Acercándonos a la Palabra de Dios

P. Miguel García, C.Ss.R.

La Biblia fue escrita para ayudarnos a volver a descubrir a Dios en el Libro de la VIDALA BIBLIA FRENTE A LA VIDA:

Por muchos siglos la Biblia no existió y ésta no era necesaria. La gente “leía y escuchaba la Palabra de Dios” en la naturaleza y en las personas. Muchos vivieron “bíblicamente” sin tener ni conocer la Biblia. Aún hoy existen personas que viven “bíblicamente” sin nunca haber tenido una Biblia en sus manos. La Palabra escrita NO era necesaria. La Palabra de Dios estaba presente en la creación, en la naturaleza, y en las personas. Dios se manifestaba a través de todo lo creado. Y hubo personas que captaron muy bien el mensaje de Dios, Su Palabra, a través de la belleza y los misterios de la creación.

Por eso podemos decir que el primer libro que Dios nos regaló es el Libro de la VIDA. A través del Libro de la Vida Dios ha querido entrar en comunicación con nosotros y nosotras; es en la VIDA donde Dios principalmente se nos manifiesta. La Vida es el regalo más precioso que Dios nos ha hecho. No hay nada más sagrado que la VIDA. Por eso el pecado que más ofende a Dios es el desprecio por la vida, la exclusión, la violencia contra el otro. Y lo que más agrada a Dios son nuestras acciones a favor de la vida, especialmente de la vida que hoy está siendo amenazada.

Podemos entonces decir que la Biblia es el segundo libro y, por tanto, no tan importante como el primero. Este segundo libro fue escrito porque los hombres y las mujeres se habían cegado y ensordecido a la presencia de Dios en la Vida. No querían ver ni escuchar a Dios. Ese es el gran pecado de la humanidad: darle la espalda a Dios, su Creador.

La Biblia fue escrita para ayudarnos a volver a descubrir a Dios en el Libro de la VIDALa Biblia fue escrita para ayudarnos a volver a descubrir a Dios en el Libro de la VIDA. Y sólo tiene sentido leerse y estudiarse desde su razón de ser: un instrumento para ayudarnos a descubrir a Dios en las personas, en la creación y en los acontecimientos de la vida. Al margen de la vida de las personas, de la naturaleza y de los acontecimientos la Biblia pierde su sentido trascendental. O sea, la Biblia está para defender la Vida; está al servicio de la vida y nos lleva a la misma Fuente de la Vida, que es Dios.

La Biblia es como un pozo profundo de aguas cristalinas. El pozo puede estar muy cerca de nosotros, pero si no lo descubrimos y no tenemos un balde para sacar el agua, no podemos beber de él. Hasta nos podemos morir de la sed por no saber cómo sacar el agua. Lo mismo pasa con la Biblia. Con frecuencia no sabemos cómo leer y mucho menos cómo interpretar y aplicar la vida a nuestra vida personal y a nuestra convivencia social.

La Biblia también es como un espejo: está ahí para que nos miremos en cada texto bíblico que leemos y reflexionamos y veamos qué anda mal o qué anda bien con nosotros. De nada nos serviría un espejo si nos mirásemos en él con los ojos cerrados.

La Biblia es como un foco: cada texto quiere iluminar el camino nuestro de cada día para que no tropecemos en la oscuridad. Vivimos en una sociedad compleja y repleta de situaciones dudosas y oscuras. No hay nada mejor en medio de las tinieblas que una luz, aunque ésta sea pequeña. La Palabra de Dios quiere ser esa luz que nos ayuda a caminar por sendas de amor, paz y justicia.

Si estudiamos la Biblia debemos hacerlo no por estudiar Biblia en sí, sino porque queremos repensar nuestra vida a la luz de la Biblia. Estudiamos la Biblia no porque queremos aprender cosas sobre Dios (Tener ideas sobre Dios no sirve para nada, a menos que nos lleve a un compromiso serio con la Vida. Al computador podemos meterle ideas muy sublimes y nobles sobre Dios y los santos, pero jamás podrá tener el computador un compromiso cristiano.) Estudiamos Biblia porque queremos SER COMO DIOS: pensar, sentir, ver, escuchar y actuar como El. Estudiamos la Biblia no porque queremos interpretar la Biblia si no porque queremos interpretar la vida a partir de la Biblia. Estudiamos la Biblia porque queremos estar comprometidos/as con la transformación de la sociedad (realidad) en que vivimos.

JESUS, MARÍA, SAN FRANCISCO DE ASÍS, SAN ALFONSO MARÍA DE LIGORIOJESUS, MARÍA, SAN FRANCISCO DE ASÍS, SAN ALFONSO MARÍA DE LIGORIO:

Jesús nunca enseñó Biblia por enseñar Biblia; o sea para que la gente tuviera más conceptos bonitos y sublimes sobre El. Pero Jesús vivió la Palabra de Dios, presente en la Vida, hasta las últimas consecuencias. La fidelidad a la Palabra de Su Padre llevó a Jesús a entregar su vida para que todos tengamos vida abundante.

Los fariseos sí conocían las escrituras y les gustaba enseñar e imponer la Torah en las personas, pero esto en nada les ayudó en su relación con Dios y con el prójimo. Les gustaba hasta imponer su propia interpretación de los textos bíblicos en la gente. Sin embargo, ellos fueron el único grupo religioso de quien Jesús nunca pudo decir nada bueno. Los fariseos no supieron leer ni interpretar las escrituras. Ellos, al contrario, utilizaron y manipularon los textos bíblicos para sus propios intereses. Hacían una lectura interesada. Y Jesús los criticó fuertemente. Hoy también pasa lo mismo: hay formas muy interesadas de leer y estudiar la Biblia que no ayudan a la transformación de la realidad en que vivimos.

Dios NO se comunicó con María a través de un texto bíblico sino a través de la vida. Fue en la vida que María escuchó y supo discernir la VOZ de Dios que la llamaba. Eso es lo que llamamos actitud o mirada contemplativa. Y desde la vida ella respondió a su llamada. Para  María lo importante no era tener una acumulación de ideas bonitas sobre Dios, sino responder con fidelidad a las exigencias de Dios y al Proyecto que Dios tenía para la humanidad. Cuando María respondió a la Palabra de Dios en la Vida, todo cambió para ella –y también para la humanidad.

San Francisco de Asís (1181-1226), movido por la Palabra de Dios, entregó su vida a favor de los más pobres. Al igual que Jesús, Francisco también sintió que el Espíritu de Yahvé le enviaba hacia los más rechazados de la sociedad. La Palabra de Dios, meditada por Francisco, hizo que él descubriera a Dios presente y actuante en los más débiles  de la sociedad. Francisco supo leer la Palabra de Dios no sólo desde la Biblia sino y más que nada desde su propia realidad.

San Alfonso María de Ligorio (1696-1787)Lo mismo haría San Alfonso María de Ligorio (1696-1787). Meditando en Lucas 4, 16-19, Alfonso sintió que Dios lo llamaba a dejar la nobleza, su prominente carrera de abogado y familia, para dedicar su vida al pastoreo de cabreros y más necesitados en las montañas de Nápoles. Toda su vida la dedicó a los más pobres porque él estaba convencido que así se lo exigía la Palabra de Dios. La Palabra de Dios fue para Alfonso esa gran luz que transformó toda su vida.

Decía Mons. Oscar Romero: “no podemos segregar la Palabra de Dios de la realidad histórica

en  que  se  pronuncia porque  no sería ya  Palabra de Dios.  Sería historia, libro piadoso, una

Biblia que es libro en nuestra biblioteca. Pero se hace Palabra de Dios porque anima, ilumina,

contrasta, repudia, alaba lo que se está haciendo hoy en esta sociedad” (27 nov. 1977). 

CONSTITUCIÓN DEI VERBUM:

En este importante documento del Concilio Vaticano II, los padres conciliares escriben:

“El oficio de interpretar auténticamente la Palabra de Dios, oral o escrita, ha sido encomendado

únicamente al  Magisterio  de la  Iglesia, el  cual lo  ejercita  en  nombre  de  Jesucristo. Pero el

Magisterio no está por encima de la Palabra de Dios sino a su servicio” (10).

También se nos dice: “A los exegetas toca...ir penetrando y exponiendo el sentido de la Sagrada

Escritura, de modo que con dicho estudio pueda madurar el juicio de la Iglesia” (12).

Está claro en Dei Verbum que los obispos no están por encima de la Palabra de Dios. La Palabra

de  Dios,  bien  leída y  bien  interpretada,  ha de ser el criterio que guía nuestras vidas. También

señalan ellos la necesidad de que los exegetas ayuden a la Iglesia a madurar en su juicio.  

DOCUMENTO DE APARECIDA:

En el Documento Final de la V Conferencia de los obispos de América Latina y el Caribe se nos dice lo siguiente:

La Sagrada Escritura, “Palabra de Dios escrita por inspiración del Espíritu Santo” (DV 9), es -con la Tradición- fuente de vida para la Iglesia y alma de su acción evangelizadora. Desconocer la Escritura es desconocer a Jesucristo y renunciar a anunciarlo. De aquí la invitación de Benedicto XVI: “Al iniciar la nueva etapa que la Iglesia misionera de América Latina y El Caribe se dispone a emprender, a partir de esta V Conferencia General en Aparecida, es condición indispensable el conocimiento profundo y vivencial de la Palabra de Dios. Por esto, hay que educar al pueblo en la lectura y la meditación de la Palabra (énfasis mío): que ella se convierta en su alimento para que, por propia experiencia, vea que las palabras de Jesús son espíritu y vida (cf. Jn 6,63) (263).

También dicen nuestros pastores en Aparecida:

Entre las muchas formas de acercarse a la Sagrada Escritura hay una privilegiada al que todos estamos invitados: la Lectio divina o ejercicio de lectura orante de la Sagrada Escritura (énfasis mío). Esta lectura orante, bien practicada, conduce al encuentro con Jesús Maestro, al conocimiento del misterio de Jesús Mesías, a la comunión con Jesús Hijo de Dios, y al testimonio de Jesús Señor del universo. Con sus cuatros momentos (lectura, meditación, oración, contemplación), la lectura orante favorece el encuentro personal con Jesucristo al modo de tantos personajes del evangelio: Nicodemo y su ansia de vida eterna (cf. Jn 3, 1-21), la Samaritana y su anhelo de culto verdadero (cf. Jn 4, 1-42), el ciego de nacimiento y su deseo de luz interior (cf. Jn 9), Zaqueo y sus ganas de ser diferente (cf. Lc 19, 1-10)... Todos ellos, gracias a este encuentro, fueron iluminados y recreados porque se abrieron a la experiencia de la misericordia del Padre que se ofrece por su Palabra de verdad y vida. No abrieron su corazón a algo del Mesías, sino al mismo Mesías, camino de crecimiento en “la madurez conforme a su plenitud” (Ef 4, 13), proceso de discipulado, de comunión con los hermanos y de compromiso con la sociedad. (265)

UNA MANERA DIFERENTE DE LEER LA BIBLIA:

La Biblia es la historia de un pueblo que se dejó seducir por la Palabra de Dios. Esa Palabra pretende transformar HOY nuestras vidas. Y cuando eso ocurre entonces el pueblo puede encontrar la Palabra de Dios en nosotros/as. Después de todo, nuestras vidas es el único evangelio que mucha gente lee. No tiene otro. ¡Quién sabe que esa sea la principal razón porque muchos de nuestros hermanos y hermanas no llegan a tener un verdadero y transformador encuentro con Jesús!

Como decía San Agustín, “la Biblia fue escrita para ayudarnos a descifrar el mundo, para devolvernos la mirada de la fe y de la contemplación, y para transformar toda la realidad en una gran revelación de Dios.” Y Mons. Oscar Romero acostumbraba a decir: “tenemos que ver con los ojos de Dios bien abiertos y con los pies bien puestos en la tierra, pero el corazón lleno de Evangelio y de Dios.”

Por todo lo dicho hasta ahora, tenemos que afirmar que la Biblia no es un libro para leer como se lee cualquier otro libro. Tampoco se puede leer siempre de la misma manera. Lo primero que necesitamos hacer es disponernos a acoger la Palabra de Dios. Y para eso es necesario ORAR (no dije rezar) –despojándonos de todo aquello que nos impide escuchar la voz de Dios en y dentro de la realidad en que vivimos. Leer la Palabra de Dios, enajenados de la realidad que hoy vivimos, es prostituir la misma Palabra.

Una vez se ora, consciente e inmerso en la realidad que vive nuestra gente, se procede a buscar un texto bíblico que pueda iluminar las situaciones que hoy estamos viviendo. NO se lee un texto a lo loco o meramente para adquirir información –por más piadosa o santa que ésta sea. Tampoco se lee para combatir a otros grupos religiosos. Se lee para buscar sentido a la vida, para repensar nuestra vivencia cotidiana. El único interés en leer y estudiar la Biblia ha de ser el Reino de Dios. Sólo así la Palabra de Dios se torna  “lámpara para nuestros pies” (Salmo 179).

Una vez creamos las condiciones para hacer la lectura orante de la Palabra de Dios, entonces procedemos a leer el texto:

  1. LEE el texto: La pregunta clave aquí es: ¿QUÉ DICE EL TEXTO? Lea el texto de tal manera que usted pueda apropiarse del texto, respetando lo que está escrito en el texto. Sitúe el contexto del texto en un tiempo y en un espacio. Pregúntese: ¿Quién escribió el texto? ¿Para quién se escribió? ¿Con qué interés se escribió? Si el texto es del A. T., ¿de qué lado está Dios? Por ejemplo, en Deut. 13, 7-10 se presenta a un Dios sin misericordia. ¿Cuál es el interés aquí? Con frecuencia nos encontramos con un Dios masculino, único.

Lee el texto situándolo en el contexto socio-histórico. No hay ningún texto bíblico que sea neutro o indiferente a la realidad en que surgió. Todo texto bíblico nació en un contexto social e histórico. No siempre es una cosa explícita. Hay que tener en cuenta la materialidad histórica del texto para luego descubrir mejor su mensaje. El Dios de la Biblia se revela en la historia. Este paso nos ayuda a superar una lectura simplista, ingenua, idealista, moralista y acrítica.

      Por tanto, al leer el texto debes considerar lo siguiente:

a. El texto como literatura: ¿qué tipo de literatura es? Puede ser “historia”, sabiduría, novela, profético, oración, narrativa, etc. Vea las palabras claves y su significado. Conviene responder a las siguientes preguntas: ¿Quién habla? ¿Qué dice? ¿Dónde ocurre la acción del texto? ¿Cuándo y dónde ocurre? Procura los textos paralelos, si los hay. Compáralos. Si el texto es de uno de  los evangelios, busque los textos paralelos y vea las diferencias.

b. El texto en su análisis sociológico: Vea la sociedad que está por detrás del texto. La economía, la tierra, etc. son importantes. Considere las categorías de las personas que aparecen en el texto y sus relaciones. ¿Cuáles son las leyes? ¿Qué política  trasparece? ¿Qué ideología descubres –de  qué lado está Dios?

  1. MEDITA el texto: La pregunta clave es: ¿QUÉ ME (NOS) DICE EL TEXTO? La tarea aquí es descubrir el sentido espiritual del texto. Leyendo y releyendo el texto con atención y apertura logramos que Dios nos hable a través del texto bíblico. Puede ayudarnos en este segundo paso el preguntarnos: ¿Qué hay de similar / diferente entre el texto que estoy leyendo y el  HOY de mi vida? ¿Cuáles son los conflictos que presenta el texto y los conflictos que estamos viviendo hoy? ¿Qué cambio de comportamiento nos está insinuando el texto? ¿Cuál puede ser la verdad oculta detrás del texto? Recuerde que para María este paso fue de suma importancia. Por eso el evangelista escribirá: “Ella guardaba todas estas cosas en su corazón” (Lucas 2,19). El Salmista nos dirá: “Meditar día y noche la Palabra del Señor” (1,2).

Tan pronto queda claro lo que Dios nos está pidiendo, también queda claro nuestra incapacidad y nuestra falta de recursos. Es el momento de la súplica, el momento de la oración.

  1. ORA EL TEXTO: La pregunta clave es: ¿Qué le digo yo (nosotros) ahora a Dios? Si Dios me (nos) ha hablado a través del texto bíblico, entonces no podemos quedarnos callados. Algo ha de provocar en nosotros la lectura y meditación de la Palabra de Dios. ¿Qué le decimos a Dios? La respuesta de María a la Palabra de Dios, percibida en la vida misma, fue contundente: “Hágase en mí según tu Palabra” (Lucas 1,38). Es posible que nosotros no podamos decirle a Dios lo mismo. Pero algo hemos de decirle. Pero nuestra respuesta a Dios ha de ser realista y no ingenua. Debe nacer de la experiencia de nuestra nada y de los problemas reales de la vida. Lo importante es ser honesto en nuestra oración.

La oración puede consistir de unas preces espontáneas; puede ser una alabanza al que lo puede todo, una acción de gracia, una súplica o hasta una oración de rebeldía, como fue la oración de Job y la de Jeremías.

Es en la oración que se refleja el itinerario personal de cada uno de nosotros en nuestro caminar en dirección a Dios y en nuestro esfuerzo por vaciarnos de nosotros mismos para dar lugar a Dios, al hermano (a), al pobre, a la comunidad. Es en la oración donde se sitúan las noches oscuras con sus crisis y dificultades, con sus desiertos y tentaciones –rezadas, meditadas, enfrentadas a la luz de la Palabra de Dios (Mateo 4,1-11).

  1. CONTEMPLA, SABOREA Y COMPROMÉTETE: Al cuarto paso le llamamos “contemplación” y la pregunta clave es: ¿Qué hago? ¿Cuál es el cambio de vida que me exige el haber leído, meditado y orado la Palabra de Dios? No se puede escuchar a Dios y continuar siendo igual. Si de verdad escuchamos a Dios en su Palabra, ésta nos juzga, nos estremece y transforma nuestra manera de pensar, amar y actuar.

En la contemplación adquirimos un nuevo ver, un nuevo sabor, una nueva acción. Sólo así es posible tener unos nuevos ojos para observar y valorar la vida,  los hechos, la historia, la situación del pueblo. Es así como se nos comunica y se desparrama la contemplación de Dios sobre el mundo. Y cuando eso acontece, nuestro compromiso con la Vida, con el proceso de transformación de la realidad de pecado, no sólo se clarifica sino que también se fortalece. Nuestra vida toda comienza a ser un evangelio abierto que todos y todas pueden leer.

Si nos esforzamos a diario en hacer una lectura orante de la Palabra de Dios, no hay duda que seremos mejores personas, mejores cristianos y mejores hijos e hijas de Dios. ¡Qué la Palabra de Dios sea para nosotros esa lámpara, esa luz que ilumina nuestro diario caminar.

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Fecha de Actualización: Tuesday, 04 de September de 2007 03:01:57 PM

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