|
LA
BIBLIA FRENTE A LA VIDA:
Por muchos
siglos la Biblia no existió y ésta no era necesaria. La
gente “leía y escuchaba la Palabra de Dios” en la naturaleza
y en las personas. Muchos vivieron “bíblicamente” sin tener
ni conocer la Biblia. Aún hoy existen personas que viven
“bíblicamente” sin nunca haber tenido una Biblia en sus
manos. La Palabra escrita NO era necesaria. La Palabra de
Dios estaba presente en la creación, en la naturaleza, y en
las personas. Dios se manifestaba a través de todo lo
creado. Y hubo personas que captaron muy bien el mensaje de
Dios, Su Palabra, a través de la belleza y los misterios de
la creación.
Por eso
podemos decir que el primer libro que Dios nos regaló es el
Libro de la VIDA. A
través del Libro de la Vida Dios ha querido entrar en
comunicación con nosotros y nosotras; es en la VIDA donde
Dios principalmente se nos manifiesta. La Vida es el regalo
más precioso que Dios nos ha hecho. No hay nada más sagrado
que la VIDA. Por eso el pecado que más ofende a Dios es el
desprecio por la vida, la exclusión, la violencia contra el
otro. Y lo que más agrada a Dios son nuestras acciones a
favor de la vida, especialmente de la vida que hoy está
siendo amenazada.
Podemos
entonces decir que la Biblia es el segundo libro y, por
tanto, no tan importante como el primero. Este segundo libro
fue escrito porque los hombres y las mujeres se habían
cegado y ensordecido a la presencia de Dios en la Vida. No
querían ver ni escuchar a Dios. Ese es el gran pecado de la
humanidad: darle la espalda a Dios, su Creador.
La
Biblia fue escrita para ayudarnos a volver a descubrir a
Dios en el Libro de la VIDA.
Y sólo tiene
sentido leerse y estudiarse desde su razón de ser: un
instrumento para ayudarnos a descubrir a Dios en las
personas, en la creación y en los acontecimientos de la vida.
Al margen de la vida de las personas, de la naturaleza y de
los acontecimientos la Biblia pierde su sentido
trascendental. O sea, la Biblia está para defender la Vida;
está al servicio de la vida y nos lleva a la misma Fuente de
la Vida, que es Dios.
La Biblia es
como un pozo profundo de aguas cristalinas. El pozo
puede estar muy cerca de nosotros, pero si no lo descubrimos
y no tenemos un balde para sacar el agua, no podemos beber
de él. Hasta nos podemos morir de la sed por no saber cómo
sacar el agua. Lo mismo pasa con la Biblia. Con frecuencia
no sabemos cómo leer y mucho menos cómo interpretar y
aplicar la vida a nuestra vida personal y a nuestra
convivencia social.
La Biblia
también es como un espejo: está ahí para que nos
miremos en cada texto bíblico que leemos y reflexionamos y
veamos qué anda mal o qué anda bien con nosotros. De nada
nos serviría un espejo si nos mirásemos en él con los ojos
cerrados.
La Biblia es
como un foco: cada texto quiere iluminar el camino
nuestro de cada día para que no tropecemos en la oscuridad.
Vivimos en una sociedad compleja y repleta de situaciones
dudosas y oscuras. No hay nada mejor en medio de las
tinieblas que una luz, aunque ésta sea pequeña. La Palabra
de Dios quiere ser esa luz que nos ayuda a caminar por
sendas de amor, paz y justicia.
Si
estudiamos la Biblia debemos hacerlo no por estudiar Biblia
en sí, sino porque queremos repensar nuestra vida a
la luz de la Biblia. Estudiamos la Biblia no porque queremos
aprender cosas sobre Dios (Tener ideas sobre Dios no sirve
para nada, a menos que nos lleve a un compromiso serio con
la Vida. Al computador podemos meterle ideas muy sublimes y
nobles sobre Dios y los santos, pero jamás podrá tener el
computador un compromiso cristiano.) Estudiamos Biblia
porque queremos SER COMO DIOS: pensar, sentir, ver,
escuchar y actuar como El. Estudiamos la Biblia no
porque queremos interpretar la Biblia si no porque queremos
interpretar la vida a partir de la Biblia. Estudiamos
la Biblia porque queremos estar comprometidos/as con la
transformación de la sociedad (realidad) en que vivimos.
JESUS,
MARÍA, SAN FRANCISCO DE ASÍS, SAN
ALFONSO
MARÍA DE LIGORIO:
Jesús nunca
enseñó Biblia por enseñar Biblia; o sea para que la gente
tuviera más conceptos bonitos y sublimes sobre El. Pero
Jesús vivió la Palabra de Dios, presente en la Vida, hasta
las últimas consecuencias. La fidelidad a la Palabra de Su
Padre llevó a Jesús a entregar su vida para que todos
tengamos vida abundante.
Los fariseos
sí conocían las escrituras y les gustaba enseñar e imponer
la Torah en las personas, pero esto en nada les ayudó en su
relación con Dios y con el prójimo. Les gustaba hasta
imponer su propia interpretación de los textos bíblicos en
la gente. Sin embargo, ellos fueron el único grupo religioso
de quien Jesús nunca pudo decir nada bueno. Los fariseos no
supieron leer ni interpretar las escrituras. Ellos, al
contrario, utilizaron y manipularon los textos bíblicos para
sus propios intereses. Hacían una lectura interesada. Y
Jesús los criticó fuertemente. Hoy también pasa lo mismo:
hay formas muy interesadas de leer y estudiar la Biblia que
no ayudan a la transformación de la realidad en que vivimos.
Dios NO se
comunicó con María a través de un texto bíblico sino
a través de la vida. Fue en la vida que María escuchó y supo
discernir la VOZ de Dios que la llamaba. Eso es lo que
llamamos actitud o mirada contemplativa. Y desde la vida
ella respondió a su llamada. Para María lo importante no
era tener una acumulación de ideas bonitas sobre Dios, sino
responder con fidelidad a las exigencias de Dios y al
Proyecto que Dios tenía para la humanidad. Cuando María
respondió a la Palabra de Dios en la Vida, todo cambió para
ella –y también para la humanidad.
San
Francisco de Asís
(1181-1226), movido por la Palabra de Dios, entregó su vida
a favor de los más pobres. Al igual que Jesús, Francisco
también sintió que el Espíritu de Yahvé le enviaba hacia los
más rechazados de la sociedad. La Palabra de Dios, meditada
por Francisco, hizo que él descubriera a Dios presente y
actuante en los más débiles de la sociedad. Francisco supo
leer la Palabra de Dios no sólo desde la Biblia sino y más
que nada desde su propia realidad.
Lo
mismo haría
San Alfonso
María de Ligorio (1696-1787). Meditando en Lucas
4, 16-19, Alfonso sintió que Dios lo llamaba a dejar la
nobleza, su prominente carrera de abogado y familia, para
dedicar su vida al pastoreo de cabreros y más necesitados en
las montañas de Nápoles. Toda su vida la dedicó a los más
pobres porque él estaba convencido que así se lo exigía la
Palabra de Dios. La Palabra de Dios fue para Alfonso esa
gran luz que transformó toda su vida.
Decía Mons.
Oscar Romero: “no podemos segregar la Palabra de Dios de la
realidad histórica
en que se
pronuncia porque no sería ya Palabra de Dios. Sería
historia, libro piadoso, una
Biblia que
es libro en nuestra biblioteca. Pero se hace Palabra de Dios
porque anima, ilumina,
contrasta,
repudia, alaba lo que se está haciendo hoy en esta sociedad”
(27 nov. 1977).
CONSTITUCIÓN DEI VERBUM:
En este
importante documento del Concilio Vaticano II, los padres
conciliares escriben:
“El oficio
de interpretar auténticamente la Palabra de Dios, oral o
escrita, ha sido encomendado
únicamente
al Magisterio de la Iglesia, el cual lo ejercita en
nombre de Jesucristo. Pero el
Magisterio
no está por encima de la Palabra de Dios sino a su
servicio” (10).
También se
nos dice: “A los exegetas toca...ir penetrando y exponiendo
el sentido de la Sagrada
Escritura,
de modo que con dicho estudio pueda madurar el juicio de
la Iglesia” (12).
Está claro
en Dei Verbum que los obispos no están por encima de la
Palabra de Dios. La Palabra
de Dios,
bien leída y bien interpretada, ha de ser el criterio
que guía nuestras vidas. También
señalan
ellos la necesidad de que los exegetas ayuden a la Iglesia a
madurar en su juicio.
DOCUMENTO
DE APARECIDA:
En el Documento
Final de la V Conferencia de los obispos de América Latina y
el Caribe se nos dice lo siguiente:
La Sagrada
Escritura, “Palabra
de Dios escrita por inspiración del Espíritu Santo” (DV
9),
es -con la Tradición- fuente de vida para la Iglesia
y alma de su acción evangelizadora. Desconocer la
Escritura es desconocer a Jesucristo y renunciar a
anunciarlo. De aquí la invitación de Benedicto XVI:
“Al iniciar la
nueva etapa que la Iglesia misionera de América Latina y El
Caribe se dispone a emprender, a partir de esta V
Conferencia General en Aparecida, es condición
indispensable el conocimiento profundo y vivencial de la
Palabra de Dios. Por esto, hay que educar al
pueblo en la lectura y la meditación de la Palabra
(énfasis mío): que ella se convierta en su alimento para
que, por propia experiencia, vea que las palabras de Jesús
son espíritu y vida (cf. Jn 6,63) (263).
También dicen
nuestros pastores en Aparecida:
Entre las
muchas
formas de acercarse a la Sagrada Escritura hay una
privilegiada al que todos estamos invitados: la
Lectio divina
o
ejercicio de lectura orante de la Sagrada Escritura
(énfasis
mío).
Esta lectura orante, bien practicada, conduce al
encuentro con Jesús Maestro, al conocimiento del
misterio de Jesús Mesías, a la comunión con Jesús
Hijo de Dios, y al testimonio de Jesús Señor del
universo. Con sus cuatros momentos (lectura,
meditación, oración, contemplación), la lectura orante
favorece el encuentro personal con Jesucristo al modo de
tantos personajes del evangelio: Nicodemo y su ansia de vida
eterna (cf. Jn 3, 1-21), la Samaritana y su anhelo de culto
verdadero (cf. Jn 4, 1-42), el ciego de nacimiento y su
deseo de luz interior (cf. Jn 9), Zaqueo y sus ganas de ser
diferente (cf. Lc 19, 1-10)... Todos ellos, gracias a este
encuentro, fueron iluminados y recreados porque se abrieron
a la experiencia de la misericordia del Padre que se ofrece
por su Palabra de verdad y vida. No abrieron su corazón a
algo del Mesías, sino al mismo Mesías, camino de crecimiento
en “la madurez conforme a su plenitud” (Ef 4, 13), proceso
de discipulado, de comunión con los hermanos y de compromiso
con la sociedad. (265)
UNA MANERA
DIFERENTE DE LEER LA BIBLIA:
La Biblia es
la historia de un pueblo que se dejó seducir por la Palabra
de Dios. Esa Palabra pretende transformar HOY nuestras
vidas. Y cuando eso ocurre entonces el pueblo puede
encontrar la Palabra de Dios en nosotros/as. Después de
todo, nuestras vidas es el único evangelio que mucha gente
lee. No tiene otro. ¡Quién sabe que esa sea la principal
razón porque muchos de nuestros hermanos y hermanas no
llegan a tener un verdadero y transformador encuentro con
Jesús!
Como decía
San Agustín, “la Biblia fue escrita para ayudarnos a
descifrar el mundo, para devolvernos la mirada de la fe y de
la contemplación, y para transformar toda la realidad en una
gran revelación de Dios.” Y Mons. Oscar Romero acostumbraba
a decir: “tenemos que ver con los ojos de Dios bien abiertos
y con los pies bien puestos en la tierra, pero el corazón
lleno de Evangelio y de Dios.”
Por todo lo
dicho hasta ahora, tenemos que afirmar que la Biblia no es
un libro para leer como se lee cualquier otro libro. Tampoco
se puede leer siempre de la misma manera. Lo primero que
necesitamos hacer es disponernos a acoger la Palabra de
Dios. Y para eso es necesario ORAR (no dije rezar)
–despojándonos de todo aquello que nos impide escuchar la
voz de Dios en y dentro de la realidad en que vivimos. Leer
la Palabra de Dios, enajenados de la realidad que hoy
vivimos, es prostituir la misma Palabra.
Una vez se
ora, consciente e inmerso en la realidad que vive nuestra
gente, se procede a buscar un texto bíblico que pueda
iluminar las situaciones que hoy estamos viviendo. NO se
lee un texto a lo loco o meramente para adquirir información
–por más piadosa o santa que ésta sea. Tampoco se lee para
combatir a otros grupos religiosos. Se lee para buscar
sentido a la vida, para repensar nuestra vivencia cotidiana.
El único interés en leer y estudiar la Biblia ha de ser el
Reino de Dios. Sólo así la Palabra de Dios se torna
“lámpara para nuestros pies” (Salmo 179).
Una vez
creamos las condiciones para hacer la lectura orante de la
Palabra de Dios, entonces procedemos a leer el texto:
-
LEE el
texto:
La pregunta clave aquí es: ¿QUÉ DICE EL TEXTO?
Lea el texto de tal manera que usted pueda apropiarse
del texto, respetando lo que está escrito en el texto.
Sitúe el contexto del texto en un tiempo y en un
espacio. Pregúntese: ¿Quién escribió el texto? ¿Para
quién se escribió? ¿Con qué interés se escribió? Si el
texto es del A. T., ¿de qué lado está Dios? Por ejemplo,
en Deut. 13, 7-10 se presenta a un Dios sin
misericordia. ¿Cuál es el interés aquí? Con frecuencia
nos encontramos con un Dios masculino, único.
Lee el
texto situándolo en el contexto socio-histórico.
No hay ningún texto bíblico que sea neutro o indiferente a
la realidad en que surgió. Todo texto bíblico nació en un
contexto social e histórico. No siempre es una cosa
explícita. Hay que tener en cuenta la materialidad
histórica del texto para luego descubrir mejor su mensaje.
El Dios de la Biblia se revela en la historia. Este paso nos
ayuda a superar una lectura simplista, ingenua,
idealista, moralista y acrítica.
Por
tanto, al leer el texto debes considerar lo siguiente:
a. El
texto como literatura:
¿qué tipo de literatura es? Puede ser “historia”, sabiduría,
novela, profético, oración, narrativa, etc. Vea las palabras
claves y su significado. Conviene responder a las siguientes
preguntas: ¿Quién habla? ¿Qué dice? ¿Dónde ocurre la acción
del texto? ¿Cuándo y dónde ocurre? Procura los textos
paralelos, si los hay. Compáralos. Si el texto es de uno de
los evangelios, busque los textos paralelos y vea las
diferencias.
b. El
texto en su análisis sociológico:
Vea la sociedad que está por detrás del texto. La economía,
la tierra, etc. son importantes. Considere las categorías de
las personas que aparecen en el texto y sus relaciones.
¿Cuáles son las leyes? ¿Qué política trasparece? ¿Qué
ideología descubres –de qué lado está Dios?
-
MEDITA
el texto:
La
pregunta clave es: ¿QUÉ ME (NOS) DICE EL
TEXTO? La tarea aquí es descubrir el sentido
espiritual del texto. Leyendo y releyendo el texto con
atención y apertura logramos que Dios nos hable a través
del texto bíblico. Puede ayudarnos en este segundo paso
el preguntarnos: ¿Qué hay de similar /
diferente entre el texto que estoy leyendo y el HOY
de mi vida? ¿Cuáles son los conflictos que presenta el
texto y los conflictos que estamos viviendo hoy? ¿Qué
cambio de comportamiento nos está insinuando el texto?
¿Cuál puede ser la verdad oculta detrás del texto?
Recuerde que para María este paso fue de suma
importancia. Por eso el evangelista escribirá: “Ella
guardaba todas estas cosas en su corazón” (Lucas 2,19).
El Salmista nos dirá: “Meditar día y noche la Palabra
del Señor” (1,2).
Tan pronto
queda claro lo que Dios nos está pidiendo, también queda
claro nuestra incapacidad y nuestra falta de recursos. Es el
momento de la súplica, el momento de la oración.
-
ORA EL
TEXTO:
La
pregunta clave es: ¿Qué le digo yo (nosotros) ahora a
Dios? Si Dios me (nos) ha hablado a través del texto
bíblico, entonces no podemos quedarnos callados. Algo ha
de provocar en nosotros la lectura y meditación de la
Palabra de Dios. ¿Qué le decimos a Dios? La respuesta de
María a la Palabra de Dios, percibida en la vida misma,
fue contundente: “Hágase en mí según tu Palabra” (Lucas
1,38). Es posible que nosotros no podamos decirle a Dios
lo mismo. Pero algo hemos de decirle. Pero nuestra
respuesta a Dios ha de ser realista y no ingenua. Debe
nacer de la experiencia de nuestra nada y de los
problemas reales de la vida. Lo importante es ser
honesto en nuestra oración.
La oración
puede consistir de unas preces espontáneas; puede ser una
alabanza al que lo puede todo, una acción de gracia, una
súplica o hasta una oración de rebeldía, como fue la oración
de Job y la de Jeremías.
Es en la
oración que se refleja el itinerario personal de cada uno de
nosotros en nuestro caminar en dirección a Dios y en nuestro
esfuerzo por vaciarnos de nosotros mismos para dar lugar a
Dios, al hermano (a), al pobre, a la comunidad. Es en la
oración donde se sitúan las noches oscuras con sus crisis y
dificultades, con sus desiertos y tentaciones –rezadas,
meditadas, enfrentadas a la luz de la Palabra de Dios (Mateo
4,1-11).
-
CONTEMPLA, SABOREA Y COMPROMÉTETE:
Al
cuarto paso le llamamos “contemplación” y la pregunta
clave es: ¿Qué hago? ¿Cuál es el cambio de vida que me
exige el haber leído, meditado y orado la Palabra de
Dios? No se puede escuchar a Dios y continuar siendo
igual. Si de verdad escuchamos a Dios en su Palabra,
ésta nos juzga, nos estremece y transforma nuestra
manera de pensar, amar y actuar.
En la
contemplación adquirimos un nuevo ver, un nuevo sabor, una
nueva acción. Sólo así es posible tener unos nuevos ojos
para observar y valorar la vida, los hechos, la historia,
la situación del pueblo. Es así como se nos comunica y se
desparrama la contemplación de Dios sobre el mundo. Y cuando
eso acontece, nuestro compromiso con la Vida, con el proceso
de transformación de la realidad de pecado, no sólo se
clarifica sino que también se fortalece. Nuestra vida toda
comienza a ser un evangelio abierto que todos y todas pueden
leer.
Si nos esforzamos a diario en hacer una lectura orante de la
Palabra de Dios, no hay duda que seremos mejores personas,
mejores cristianos y mejores hijos e hijas de Dios. ¡Qué la
Palabra de Dios sea para nosotros esa lámpara, esa luz que
ilumina nuestro diario caminar.
Preguntas y comentarios al autor |