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Hay mucha gente
en nuestro mundo que está condenada a vivir la cuaresma todo el
año. Cada vez que los cristianos y cristianas somos
deshonestos, egoístas, perezosos e indiferentes condenamos a
otros a vivir todo el año una cuaresma muy apretada. Y ese NO es
el Proyecto de Dios para sus hijos e hijas. El Dios de
Jesucristo no quiere el dolor, no quiere el sufrimiento ni la
muerte de tantas personas. El sueño de Dios es que todos vivamos
en armonía, en fraternidad unos con otros; que nadie se quede
sin comer, que nadie muera porque no puede llegar hasta un
médico, que nadie tenga que vivir en situaciones infrahumanas.
El proyecto de Dios es que todos podamos compartir los bienes de
la tierra. Es nuestro pecado, el pecado de los deshonestos e
inescrupulosos de este mundo, lo que impide que el sueño de Dios
se haga realidad hoy en Puerto Rico. Este es el pecado de
nuestro pueblo hoy.
La cuaresma es un tiempo especial para revisar
nuestros corazones –no nuestros vestidos. Un tiempo para ser más
solidarios, más honestos, más misericordiosos, más comprometidos
con los que lloran y sufren, con los que viven en la soledad y
se siente excluidos. Es un tiempo para vivir la solidaridad de
tal manera que la cruz se haga más liviana para los otros.
Para los que viven bien todo el año, la cuaresma es
una oportunidad privilegiada de Dios para revisar la propia
conducta y las actitudes que controlan nuestro comportamiento.
Es un tiempo para preguntarnos hasta qué punto nosotros no hemos
sido cómplices de las injusticias provocadas por los que se han
adueñado de los bienes de la tierra. Hay gente que tiene tanto
que todo les sobra: tienen buenas carnes y alimentos para sus
perros y perfume para sus gatos –mientras muchos otros a penas
tienen para comer.
Es un tiempo para asegurarnos de que no estamos cayendo en el
pecado de la indiferencia, en el pecado de la conformidad, en el
pecado de pensar que así nos hizo Dios y así nos quedaremos. Es
un tiempo de gracia para cambiar nuestras actitudes y
comprometernos a trabajar sin cansarnos para que llegue el día
en que ningún hombre ni ninguna mujer sobre esta tierra tengan
que vivir la cuaresma todo el año.
La cuaresma se inicia el miércoles de ceniza (21 de
febrero). El símbolo que se utiliza es la marca de la cruz (+)
en la frente con las cenizas de los ramos sobrantes de la
celebración del Domingo de Ramos del año pasado. Usamos las
cenizas NO para significar que no valemos nada sino para tomar
conciencia de que todo lo que el mundo llama “grande” termina en
polvo y cenizas: “Acuérdate de que eres polvo y al polvo
volverás.”
El evangelio de Mateo (6, 1-6. 16-18) usado el
miércoles de ceniza enuncia un principio fundamental: “No
busques la recompensa de tus obras en la opinión de los
hombres;” y luego nos plantea tres caminos a seguir:
1.
El camino de la caridad:
el texto nos habla de “dar limosnas”. No es cuestión de dar unas
monedas para quitarnos a esa persona de encima. Ni es tampoco
ser paternalista. Es saber descubrir al que sufre, al que se
siente solo y es despreciado. Es acoger y ser solidarios con
aquellas personas que necesitan de nuestro tiempo, de nuestra
amistad y de nuestra ayuda. Sin caridad no se puede ser
cristiano. Toda la vida de Jesús fue una de servicio en bien de
los más necesitados.
El buen
cristiano es todo aquel que toma conciencia de la realidad que
hoy vivimos, se organiza y lucha por cambiar la manera en que
está organizada nuestra sociedad; en un mundo capitalista y neo
liberal la sociedad está organizada de tal manera que los pobres
cada día son más pobres.
2.
El camino de la penitencia:
el texto nos habla de “ayunar”. No es cuestión de hacer alguna
penitencia que no exige nada de nosotros. La penitencia que a
Dios le agrada es aquella que nos lleva a un mayor compromiso
con los valores del Reino de Dios: la justicia, el amor, la paz
y la solidaridad. Cf. Isaías 58. La penitencia es una manera
concreta de hacernos solidarios con aquellos que sufren. La
penitencia es fundamental en la vida cristiana. Pero hacer
penitencia por hacer penitencia no tiene ningún sentido. Su
valor está en que me pueda concienciar, me haga pensar y me haga
solidario con aquellos que están peor que yo. La penitencia me
recuerda que los bienes materiales no pueden ser la única meta
del cristiano.
Unos
ayunan para adelgazar y estar en forma. Otros ayunan porque no
tiene más alternativa que ayunar todos los días. Otros ayunan
para protestar y ser signos en una sociedad que invita
insistentemente a comer y a beber hasta más no poder –una
sociedad que invita a la satisfacción y a la comodidad. En esta
cuaresma 2006, Dios nos ofrece una linda oportunidad para que
nos preguntemos y respondamos con seriedad nuestra motivación
para ayunar y hacer penitencia: ¿por qué ayunamos? ¿Qué sentido
tiene para nosotros el ayuno y la penitencia? O ¿será que la
penitencia ya no tiene sentido en este mundo posmoderno?
La cuaresma empieza con ayuno como signo expresivo de que
comenzamos el camino de conversión hacia la Pascua. Con el ayuno
el cristiano quiere expresar que los valores materiales no son
absolutos. El ayuno es un gesto profético que nos recuerda que
el camino del consumismo NO es el camino de Jesús. Renunciar por
unas horas el “pan humano” y sentir hambre nos recuerda que el
“Pan” verdadero es Cristo y Su Palabra. Nos enseña a sentir en
nosotros mismos la debilidad de los que se ven obligados a
ayunar todo el año por necesidad. Si el ayuno no nos hace más
sensibles al dolor ajeno, si no nos hace más misericordiosos,
entonces el ayuno no ha sido auténtico y ha perdido todo su
valor.
3.
El camino de la oración:
No es lo mismo orar que hacer rezos. Hay gente que reza
muchísimas cosas memorizadas, pero nada cambia en su vida. La
oración que le agrada a Dios es una vida consagrada al servicio
de los más necesitados. La oración es expresión de apertura, de
confianza y de tener necesidad de Dios. El que se siente auto
suficiente, no ora y si reza alguna oración es posible que lo
haga para tranquilizar su conciencia. Hay que evitar la
dicotomía entre oración y vida. La oración auténtica exige la
transparencia, la coherencia y la autenticidad. Jesús nunca tuvo
una palabra de elogio para con los fariseos ni para con los
maestros de la Ley, a pesar de que ellos eran los profesionales
de los rezos; hacían largas oraciones memorizadas y espiaban a
las personas que no participaban en esas “oraciones”. Detrás de
sus ritos religiosos, los fariseos escondían sus falsas
apariencias, su deshonestidad, sus engaños y mentiras, su
hipocresía y su superficialidad.
Jesús fue un
hombre de profunda oración. Su oración hizo posible que Jesús
descubriera la voluntad de su Padre y entregara su vida haciendo
esa voluntad. No es posible ser cristiano, seguidor de Jesús,
sin una vida inmersa en la oración.
Y cada cuaresma
nos ofrece un tiempo de gracia para revisar nuestro modo de
vivir la fe cristiana. Un tiempo para podar lo que anda mal en
nuestra vida y así podamos comunicar un mensaje de esperanza a
tanta gente que no cree en nada. ¡Vivamos esta cuaresma como si
fuera la última de nuestra existencia humana!
¡Qué al igual
que Jesús también nosotros podamos asumir nuestra pasión y
muerte con la certeza de que detrás de nuestro calvario también
habrá Vida Abundante! ¡Qué Dios les bendiga! |