Se es cristiano viviendo y actuando a la manera de
Jesucristo. Y no hay otra manera de vivir y actuar a la
manera de Jesús a menos que el Espíritu de Jesús sea el
motor de nuestra existencia. No es posible ser
cristiano, especialmente en un mundo lleno de
injusticias y divisiones, a menos que todo nuestro ser
vibre con el Espíritu de Jesús.
Hoy mucha gente se llama cristiana porque está
bautizada en la Iglesia, hace rezos y participa en ritos
y rituales. Para la inmensa mayoría de esta gente la fe
cristiana es algo que ellos han heredado, y no una
decisión que han hecho consciente y responsablemente.
Siempre y cuando se reconozcan unos dogmas y se
practiquen unas devociones, se dice que uno es
cristiano.
El criterio por el cual uno es o no es cristiano NO
puede ser meramente los rezos, los ritos, las devociones
o los dogmas. Tampoco se es cristiano con sólo seguir
ciegamente unos mandamientos o porque hacemos todo lo
que nos pide el sacerdote sin ningún discernimiento.
En nuestras comunidades hay muchísima gente buena, pero
como cristianos son mediocres. Y mientras el mundo esté
lleno de gente mediocre en su fe y en su vivencia
cotidiana, el Reino de Dios no será una realidad entre
nosotros. El reino de Bush o de Fidel o de Chávez serán
realidades más palpables que el mismo Reino de Dios. La
decisión está en nuestras manos.
El criterio que determina si somos o no somos
cristianos mediocres es la acción del Espíritu Santo
en nuestras vidas. Sin el Espíritu Santo no hay vida
cristiana.
El cristianismo que vivimos muchos bautizados no suscita
muchas pasiones, ni genera grandes ilusiones en nuestra
sociedad actual.
No podemos olvidar que el cristiano es una persona que
está habitada por el mismo espíritu que habitó en Jesús.
Si nos abrimos a ese Espíritu, éste nos lleva a tener
una experiencia fuerte de Jesús y con Jesús. Se puede
estar bautizado y hasta confirmado, pero si no se tiene
esa experiencia la persona queda vacía y, aunque se auto
defina como cristiano, no es cristiano en el estricto
sentido de la palabra.
Cuando se tiene esa experiencia fuerte con Jesús,
entonces abrimos nuestro corazón a Jesús para que El sea
dueño y SEÑOR de nuestra vida. Nuestros amores se
convierten en los mismos amores de Jesús: la hermandad,
el perdón, la justicia, la paz, la sencillez, la
igualdad. . . Jesús amó apasionadamente a los pobres, a
los enfermos, a los pecadores, a las mujeres, a los
niños y a los despreciados de la sociedad. Todo
auténtico cristiano, en vez de confiar en los ídolos
–dinero, prestigio, poder, placer, sexo, juegos, etc.,
pone su confianza en Jesús. Porque ha experimentado en
la propia vida cuán misericordioso es el amor de Dios,
también él siente necesidad de vivir esa misma
misericordia en sus relaciones con los demás.
Celebrar Pentecostés es querer volver a esa experiencia
original de los creyentes de la comunidad de fe que
estableció Jesús. Es vivir en el mundo sin ser del
mundo. Es vivir conscientes y comprometidos con la
misión que nos dejó Jesús: “Así como el Padre me envío,
así los envío yo... Reciban el Espíritu Santo” (Juan
21,21-22). “Van a recibir la fuerza del Espíritu Santo
que vendrá sobre ustedes y serán mis testigos... en
todos los rincones del mundo” (Hechos 1,8).
“Hombres y mujeres de Galilea, ¿qué hacen ahí mirando
al cielo?” (Hechos 1,11). Vivir la experiencia de
Pentecostés es reconocer que no podemos quedarnos
“enlembao” mirando al cielo, soñando en el más allá. El
verdadero cristiano es aquel que en nombre de Jesús vive
comprometido con el terruño y la gente donde Dios lo ha
puesto. Vive gastando su vida (tiempo, talentos,
recursos, energías) para hacer posible “el cielo nuevo y
la tierra nueva” que Dios Padre desea para todos
nosotros. Es reconocernos co creadores y protagonistas
de esta historia que vivimos –y hacer de ella NO
historia de condenación sino historia de salvación.