
Padre nuestro que estás en los cielos,
Y también estás en la tierra, ya que
viniste a nosotros en el bebé Jesús, nacido de María y
criado por María y José.
Y estuviste en el mensaje de los
ángeles y en la alegría de los pastores, en el rostro del
niño de Belén y en el cariño de María y José.
Estuviste en los sabios de Oriente y en
aquellos que se alegraron por el nacimiento de Jesús.
Y estás en medio de nosotros, bien
terrenales y humanos como María y José, los pastores y los
sabios de Oriente, anidando en nuestros corazones…
Santificado sea tu nombre,
para que te reconozcan como Dios judíos
y cristianos, creyentes de una iglesia y de otra, y personas
de buena voluntad que confían en la existencia de un Ser
Supremo, aunque te nombren de distintas maneras…
Venga tu Reino,
Que venga tu Reino de paz y justicia a
nuestro mundo de reinos humanos, de los cuales algunos son
muy poderosos y otros con ganas de serlo, algunos intentan
gobernar el mundo y otros tratan de oponerse a ello, algunos
optan por infundir miedo por las armas, los ejércitos y las
ideologías militaristas, y otros tratan de persuadir a sus
ciudadanos/as de que es necesario resistir las afrentas con
orgullo, coraje y con la vida misma si es necesario.
Hágase tu voluntad, como en el cielo,
así también en la tierra.
Que prefiramos cumplir tu voluntad
antes que la nuestra; ser portadores de paz antes que de
odio; de justicia solidaria antes que de injusticia y
egoísmo; de comprensión antes que de fanatismo; de diálogo
antes que de monólogo… y se cumpla tu voluntad en nuestros
labios y pensamientos, en nuestros sentimientos y acciones,
en nuestras relaciones y en los ámbitos de poder, en el país
y en las relaciones internacionales.
El pan nuestro de cada día, dánoslo
hoy.
Así como, seguramente, nosotros comimos
ayer, también lo podamos hacer hoy. Y que no pidamos sólo
por nosotros y nuestros seres queridos, sino también por
quienes sabemos que les falta el pan, o el techo, o una
buena educación, o una familia bien constituida, o el cariño
indispensable para la salud mental y emocional.
Perdónanos nuestras deudas, como
también nosotros perdonamos a nuestros deudores.
Aunque no siempre somos capaces de
perdonar, porque somos demasiado humanos, enséñanos a
ponernos en el lugar de la otra persona (aunque ella no nos
guste). Aunque el amor que nos enseñó Jesús signifique para
nosotros un esfuerzo extraordinario, ayúdanos, Señor, a
hacer de nuestra vida algo extraordinario, no por figurar
sino por puro amor, no por vanidad sino por bondad, no por
segundas intenciones sino por transparencia de corazón. Y te
pedimos, entonces, que no tomes en cuenta todos nuestros
pecados, cada error, cada mala intención, cada acto fallido,
cada falta por acción u omisión, porque, si así fuera, no
podríamos nunca sentirnos dignos de ti y alegrarnos con tu
presencia.
No nos metas en tentación, sino
líbranos del mal.
Tentaciones tendremos, como las tuvo el
propio Jesús. Por eso te pedimos, Señor, que, a pesar de
ello, y sin olvidarnos de nuestra humanidad, no permitas que
nos hundamos en los errores y en las injusticias, en la
indiferencia frente a los pobres, los que sufren y los
oprimidos. No permitas que nuestra vida se transforme en
fracaso porque no pudimos con nuestro egoísmo, nuestra
soberbia y nuestra ceguera ante los problemas de los demás.
Porque tuyo es el Reino, el poder y la
gloria, por todos los siglos. Amén.
Tuya es nuestra vida y la Creación
entera. Tu Reino ya comenzó pero no terminó. Ya está
actuando y sigue en marcha. Somos ciudadanos/as de este
Reino, aunque también lo seamos de los reinos de este mundo.
Que podamos ver siempre, Señor, que, más allá de nuestras
instituciones, de nuestra sociedad, de nuestra comunidad de
fe, de nuestra iglesia institucional, está la institución de
tu soberanía, de la gran sociedad comunitaria por la cual
Jesús arriesgó sus palabras y sus obras, y murió en la cruz…
para resurgir de ella por el poder más grande que Tú sigues
poniendo a nuestra disposición: el poder del amor. Ese amor
es entrega solidaria, es vida que sólo es posible cuando se
hace comunión y amistad. Ese amor es la esperanza para
nuestro mundo, porque el fundamento no está en nosotros sino
en Ti, Señor. Ese amor es la ternura del bebé de Belén y de
todos los bebés; y es la fuerza del Resucitado que nos
fortalece ahora y siempre. Así es. Así será.
(Álvaro Michelin Salomón)
Reflexiones para la Navidad
Padre Nuestro, tuyo y mío |